¿Qué pasaría si, por unos minutos, pudieras tomar el lugar de una persona de mucho poder y cuya voz puede llegar en ese instante a millones de personas al rededor del mundo? ¿Tendrías el coraje de decir lo que piensas sin miedo? ¿Serías capaz de hacerte cargo de tus ideales y cambiar el mundo?
Claro está que a Charles Chaplin poco le importaban las repercusiones negativas que podía sufrir a causa de sus obras transgresoras, especialmente con El Gran Dictador (1940), que pese a las recomendaciones hechas por el gobierno de Estados Unidos- hasta ese momento, neutral en el conflicto- fue rodada y estrenada poco después del inicio de la Segunda Guerra Mundial y le costó posteriormente su exilio.
Chaplin expone en esta historia una parodia de la situación vivida en Europa, de la manipulación a conveniencia de las ideas, la censura y el racismo a manos de un dictador desquiciado, Hynkel que se levanta en una nación ficticia, Tomainia, tras haber sido humillada y devastada por la Primera Guerra Mundial. Chaplin interpreta dos papeles: Hynkel y a un barbero judío, protagonista de la historia quien se gana la simpatía de Schultz, un alto mando de las fuerzas de Tomainia, luego de salvarle la vida en el frente de batalla al inicio del film.

Si bien, mis escenas favoritas son varias, les dejo la más clásica y simbólica, Hynkel jugando con el mundo a placer. Cualquier otra arruinaría la sorpresa de la historia para los que no la han visto, eso ya queda a juicio del lector.
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